domingo, 27 de abril de 2008

Decepción: blanca, finita y cilíndrica

El pequeño Sebastián era un niño como cualquier otro: iba a la escuela, jugaba con los vecinos a la escondida, a la pilladita, daban vueltas a la manzana en bicicleta, corrían, saltaban, gritaban y hacían la tarea después de bañarse y antes de cenar. Lo que lo hacía sentirse diferente del resto de los niños del barrio era el amor que le tenía a Ismael, el hombre que vivía a dos casas de la suya para el lado que iban los autos.

Era un hombre de unos cuarenta años que le caía muy bien, mejor que toda la gente grande del barrio. Sebastián recordaba que en el primer momento que había cruzado palabra, aunque no se acordaba cuándo había sido ni hacía cuánto, Ismael le había resultado un poco raro y había tenido actitudes que no le convencieron ni al pequeño ni a sus amigos. Pero un día que Ismael se ofreció a inflar la rueda de la bicicleta de Sebastián, se dio cuenta que era en realidad un gran hombre. En ese momento no estaba su papá en casa y tardaría mucho en volver, y no perdería nada dejando que el hombre le alegrara la tarde para que siga divirtiéndose con los otros niños. Fue ese día el primero que no jugó con los amigos de su edad. Fue ese día en el que descubrió lo divertido que era hablar con Ismael y pasar una tarde con él. Fue en ese día que se dio cuenta de la gran persona que había detrás de ese cuerpo de hombre grande, y que estaba frente a un alma que todavía podía hacer cosas de niños pero dando siempre grandes consejos y desparramando sabiduría por donde sea que hablara.

Así pasaban los días y Sebastián se sentía cada vez más identificado con su nuevo amigo. Era más grande que él, pero lo consideraba un amigo de todas formas. No corrían juntos, ni andaban en bicicleta, ni se escondían, pero tenían largas charlas en horas que parecían segundos, compartían bizcochos con dulce de leche y tajadas de sandía. Ismael le contaba al pequeño todas sus aventuras de cuando era chico, las cosas que hacía, las que no hacía, cómo fue que se lastimó y lo que pensaba y sentía del mundo que compartían. Sebastián cada vez se emocionaba más con las charlas y se sentía más identificado. Ismael insistía que el niño lo hacía acordar a él cuando tenía su edad.

Los chicos del barrio no podían entender cómo su amigo estaba pasando tantas tardes con ese hombre. “Es un señor grande, como tu papá, como mi papá. Son todos viejos y aburridos. Lo único que hacen es trabajar y ver el noticiero. No entienden nada. ¿Qué le ves de divertido a ése que ni siquiera tiene hijos o perro o gato para divertirse?” Pero ellos no entendían… nadie entendía esa relación que tenía con su «nuevo papá», como a él le gustaba decirle. Cada vez pasaba menos días de la semana junto a los chicos del barrio, y ahora en vez de una tarde por semana, le dedicaba dos a la visita a Ismael. No quería que los amigos de su edad lo dejaran de lado, pero poco interés les tenía ahora que conocía esta nueva forma de vida, esta nueva manera de divertirse que nadie entendía. Los chicos se enojaban un poco cada vez que Sebastián les decía que ese día no iba a jugar con ellos, que se iba a lo de Ismael, pero no le importaba. Ismael era su nuevo amigo. Su primer y único amigo grande. Nunca había creído posible tener un amigo que ya sea considerado un hombre grande y no un niño. Y ese fue su miedo siempre: crecer. No quería crecer para llegar a ser como todos esos grandes que nada de lo interesante les interesa… Pero ahora que había conocido a un grande que todavía guardaba muy preciadamente en su corazón restos de niño, y podía disfrutar las mismas cosas que él, no tenía miedo de crecer porque sabía que sería como Ismael cuando sea un señor grande con familia y trabajo.

Los días pasaban y la nueva amistad era cada vez más profunda. Sebastián aprendía rápido e Ismael daba una enseñanza de vida en cada cosa que decía. Era todo un sabio.

Pero una tarde fresca mientras hablaban de la falta de humanidad del mundo actual tomando una chocolatada caliente Sebastián sintió la decepción. Era larga, blanca y finita, estaba entre los dedos índice y mayor de Ismael y se presentó como «no te molesta si fumo, ¿verdad?». Dentro del pequeño cuerpito eran cataratas que caían a mucha velocidad y desde grandes alturas. Eran signos de interrogación e incógnitas que lo rodeaban bloqueándole la cabeza. Eran ganas de gritar, era enojo y decepción. Lo único que pudo esbozar fue un «no, no». No quiso decir «no, para nada» porque sí le molestaba, y mucho. Tampoco quiso decir «sí me molesta, no fumes» porque quería demasiado a Ismael como para impedirle lo que él quería hacer y como para abrir una ranura en tanta amistad.

La charla siguió pero Sebastián no le prestaba atención y no lograba llevar el hilo de conversación. Tenía muchas cosas dándole vueltas en la cabeza, y no escuchaba nada ya, pero sin embargo su boca respondía a lo que Ismael decía y todo el proceso dentro suyo pasó desapercibido (o eso pensó). ¿Por qué fumaba una persona tan inteligente? Era seguro que sabía todas las desventajas, ¿por qué seguía haciéndolo? ¿Por qué justo una persona que supo llegar a su corazoncito tiene que elegir por el cigarrillo?

Vio esa arma mortal situarse entre los labios de su interlocutor y una llama nació del encendedor que tenía en su mano de hombre grande. La llama se acercó a la punta del papel blanco y se encendió con tanta facilidad… Ya era un experto encendiendo cigarrillos y él nunca lo había sabido. El cilindro ahora tenía la punta pintada de un fuerte color naranja y se movía con tanta facilidad entre los dedos de Ismael…

El fuego de la punta quemaba poco a poco y a medida que acortaba el cigarrillo y lo hacía cenizas, también hacía cenizas a Sebastián en su interior. Mientras esa cosa blanca a la que tanto odio le tenía, se consumía entre dos dedos, el niño soñaba con el mundo si nunca se hubiera inventado esa arma poderosa. Pensaba en su abuelo muerto a causa de ese humo maldito, en su tío que con tanta bendición logró salvarse en uno de esos ataques, en esa cicatriz que lleva en el brazo culpa del cigarrillo de esa señora despistada en la calle, en tantas muertes que el tabaco generó. Y veía cómo su ídolo se llevaba esa cosa horrible a los labios y llenaba el ambiente de humo, y lo llenaba todo de olor a muerte. Escuchaba entrecortada la conversación que estaba teniendo. Sólo se concentraba en lo que hacía su interlocutor.

Veía cómo elevaba el brazo derecho con el cigarrillo entre los dedos, se lo llevaba a los labios, cerraba los ojos, hacía un poco de fuerza, presionaba los labios ligeramente arrugados hacia delante y con esa expresión de placer que tanto detestaba y nunca había planeado tener que ver en Ismael, sentía cómo el viejo se llenaba de humo maldito, cómo éste se dispersaba entre sus pulmones, sus conductos, sus venas, su cuerpo entero. Siempre había odiado esa expresión de placer que hacen los fumadores al inhalar ese humo que mata y tener que verla en ese rostro era demasiado para él. Luego el viejo abría sus ojos, cerraba su boca, alejaba un poco los dedos de su rostro y retenía el humo por unos segundos, hasta que seguía con la charla y dejaba salir el humo hacia arriba que se mezclaba con el aire puro y lo transformaba en aire contaminado.

Quería gritarle que deje de fumar, que se iba a morir, mencionarle a su abuelo, a su tío, a tantas personas que mueren por segundo en el mundo culpa de ese simple acto que él estaba haciendo en ese momento y sentía que le daba placer. Con una pitada no le alcanzaba, y volvía a aspirar muerte que salía en forma de humo de ese pequeño diablo blanco y cilíndrico. Sebastián miraba hacia otro lado para no tener que seguir aguantando esa imagen que no era capaz de seguir contemplando. No quería ver cómo la muerte se acercaba a su amigo Ismael ni quería ver reflejados en él a su abuelo o su tío fallecidos. Quería arrebatarle el cigarrillo de entre los dedos, apagarlo contra el piso y tirarlo lejos. Entrar a su casa y sacar todos los atados que pudiera encontrar. Recorrer toda la ciudad, todo el mundo si era necesario, robar todos los cigarrillos de todos los kioscos y tirarlos en el mar. Quería que todas esas armas que matan y no parece importarle a nadie se desintegren en el agua. Que nadie vuelva a fabricarlas, que nadie vuelva a fumar nunca más en toda la faz de la tierra.

Cada vez que el cigarrillo tocaba los labios de Ismael, Sebastián sentía ese odio profundo dentro de él, las ganas de gritar, correr, hacerlo entender del daño que se estaba haciendo, que le hacía a él, que le hacía al mundo, a la relación que tenían. No quería que Ismael muriera… y al ver ese artefacto que se consumía a cenizas sentía a la muerte misma entre esos dedos de sabio. Quería detenerlo. Pero no podía. No lo lograría. Él sólo nunca llegaría a hacerlo abandonar el vicio por más que así lo sentía, tan fuerte y tan convencido, dentro de su sano cuerpito de niño, mente pensante y labios que jamás sentirían ese sabor a muerte entre ellos. Y ya nunca podría estar completamente de acuerdo con su «nuevo papá» porque había algo que no compartían y estaba ahí siempre, marcando una ranura en la relación, por más que todo lo demás siga siendo igual que antes.

3 comentarios:

Charlie dijo...

Qué tristeza! Me sabe a desesperanzador. Habrá una segunda parte a esta historia?

Pandemia dijo...

El que me vea en este momento pensaría que estoy llorando emocionado con la historia.

Pero nada que ver, se me prendieron fuego lo ojos leyendo en este maldito monitor!!!

No, no estoy llorando, pero el cuento está muy bueno =)

Saludos!!!

Caroline dijo...

se me queres mucho, como yo a vos y tambien se es para MI, pero faltaria la respuesta de Ismael o mejor dicho ante la pregunta del niño, que hubiese respondido Ismael?
Quizás te ayude a escribir la sehunda parte.
Un beso grande