lunes, 26 de marzo de 2012

Algunos lugares

Había muchos lugares en mi ciudad,
y muchos más en el resto del mundo.
Unos más lindos que otros,
unos más libres, otros menos poblados,
unos más azules, otros menos nombrados.

Había muchos lugares que yo transitaba,
que caminábamos,
que besábamos,
(que nos besábamos).
Lugares de día, de noche, de tarde,
y a veces también de madrugada.

Lugares en los que empecé a esconder,
a resguardar,
a enterrar por cuidar
algunos álguienes.

Alguien de un color, alguien de otro,
alguien de jean, alguien de piel,
alguien de plumas y de miel.
Álguienes que se fueron quedando,
anidando, apoderando,
haciendo de esos lugares sus rostros,
sus luces, nuestras risas.

Lugares que hoy ya no son míos
y que a veces prefiero evitar.
Lugares que me llenan de voces,
besos, vasos, brazos,
y a veces una lágrima.

Lugares a los que a veces vuelvo
y otras sólo los miro de reojo,
haciendo de cuenta que no me llaman,
que no me gritan,
que no hay ningún rostro,
ninguna voz,
ningún alguien,
ninguna nada.

Haciendo de cuenta,
siempre haciendo de cuenta,
que ahí, entre nosotros,
no pasó nada.

sábado, 10 de marzo de 2012

Cinco piedritas de colores

Yo tengo cinco piedritas de colores ordenadas según su tamaño sobre una mesita de mi casa. Son cinco, de cinco colores distintos, de cinco tamaños distintos, y a mí me gusta tenerlas prolijas, cada una en su lugar. Siempre me pareció que tienen algún tipo de magia escondida, y siempre pensé que si ellas estaban ordenadas de tal forma, todo a mi alrededor también lo estaría.

Pero sucede que a veces las piedritas se me desordenan. Nunca sé si es que la gente las ve, se tienta y las toca, si es el viento que dejo entrar fuerte por la ventana, o si soy yo la que a veces, por caminar un poco distraída les doy un codazo. El caso es que tengo cinco piedritas que cuido y ordeno, que me miran y ordenan.

Hay dos más grandes que el resto: una es azul y brillosa como el mar, y la otra es verde como el césped y las montañas. Después sigue una naranja que siempre me hizo acordar al sol y a los amaneceres. La cuarta es roja como la sangre, como el caos y la fuerza. La más chiquita es gris, el mismo gris de los miedos y de los días en que llueve y hace frío y parece que nunca va a parar.

Son cinco piedritas mágicas que tengo, miro y les invento historias desde que soy pequeña. Son las que a veces se mueven para cambiarme un poco el orden y la rutina. Yo me quejo, lloro un poco (a veces bastante) y mientras trato de ordenar mis piedras, mis mares y mis miedos, voy aprendiendo, voy creciendo y haciéndome fuerte. Cuando puedo ver las cosas de nuevo como me gusta verlas, cuando la mañana es la mejor hora y la gente empieza a emitir luz, es cuando me doy cuenta que es hora de volver cada piedrita a su lugar, cada color donde tiene que estar. Y así vuelven las luces y los colores, la paz y el orden. La vida vuelve a cantarme al oído con alguna voz que encuentra en el camino, y mi guarida vuelve a mecerme al ritmo de alguna brisa pasajera.

viernes, 2 de marzo de 2012

Un hilo que se hizo río

Siempre fui un poco lenta para estas cosas, ya lo sé. Pero esta vez tu rapidez me tomó por sorpresa y me dejó sola, completamente sola en el abismo de silencio que la ciudad hizo en ese mismo momento.

Pestañeé y ya no estabas.

El cuadro más hermoso estaba pintado en el charco que tus pies esquivaron, y no sé si llegaste a verlo. El charco, que de tanta humedad, prefiere refrescar con luces a los ojos que miran tristes y cansados.

Corría un delgado hilo de sangre por mi piel, seguía por el suelo, y creo que tampoco lo viste. El hilo de sangre que de tan sigiloso, a veces se hace abrazo para no desafinar con la quietud del aire. Un abrazo en el que dejo un pedacito de mí pero nunca sé si llega entero. Aunque sea sólo un pedacito, me gustaría que sepas atraparlo.

Pestañeé y sólo me quedaba tu espalda alejándose, un nudo en no sé qué parte que me abarca casi todo el cuerpo, y una represa estallando en pedazos. Un hilo de sangre ahora hecho río entre las baldosas desparejas, algunas palabras quemándome la garganta, y un par de manos vacías al rojo vivo.

viernes, 17 de febrero de 2012

Tiempo al tiempo

A veces pierdo la noción del tiempo y otras me doy cuenta que éste se detiene y no quiere avanzar. Cada segundo duele como una espada en el medio del pecho, mientras yo sigo arrancando las cascaritas de la pared ahora tan desprolija. El tiempo ya no se escapa por un hueco, y tampoco lo absorben las paredes calurosas. Ya no juega a esconderse, ni jugamos a adivinarlo.

El tiempo que tantas cosas puede, es el mismo tiempo que todo lo destruye y hoy me inquieta, me incomoda y me aturde.

lunes, 13 de febrero de 2012

Del mar y su medicina

Que el tiempo y la distancia harían bien, dijimos… y al menos por este lado, fue positivo.

El viento me despeinó algunas ideas que estaban un poco quietas y las olas me salpicaron un poco de frío en la panza. Tuve que dar unos saltitos y cerrar con fuerza los ojos, pero igual el mar terminó salpicándome y revolviendo la arena que estaba bajo mis pies; quitándomela con cada ola que yo dejaba llegar. Y me dejé hundir; me dejé enterrar mientras miraba cómo mis pies se iban perdiendo. Fue entonces cuando me rodearon algunos peces blancos. Simpáticos y veloces, jugaron entre mis piernas y me acariciaron sin miedo. Y yo a veces con tanto miedo a mover mi alfil.

Las olas revolvieron sensaciones y acomodaron palabras. Las piedras quisieron volver a abrir lastimados pero me di cuenta que la arena ya estaba puliendo cicatrices. Cicatrices que me llevaron mucho tiempo y muchos mares.

Me dijeron que el mar haría bien, que es el sitio de los poetas. Yo de poeta no tengo mucho, pero el mar siempre me hace bien. Y esta vez que pude sumergirme bien adentro, descubrí entre tanto azul, el color más puro y el ritmo perfecto de las olas.

La marea trajo calma y el sol me regaló toda la luz que estaba faltando. La bruma empañó mis ojos y entre las olas ya no pude distinguir mis lágrimas de las del resto del mundo. El viento me impulsó a volar y sobre la superficie del mar aterricé. En la línea del horizonte, esa que de tan hambrienta, se traga al sol cada atardecer. Ahí mismo descansé.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Línea de horizonte

El agua se agita, las olas se elevan y yo me sumerjo en ellas. Me dejo llevar. Tal vez al otro lado exista algo más que desde acá no nos dejan ver. Tal vez allá el viento siga soplando y el sol sea aún más mío. Entonces decido irme; sigo una ola con la mirada, y me siento cómoda sobre ella, me elevo, desciendo y me alejo, de a poco y en vaivenes casi regulares me muevo. Al compás de mi música me alejo, con olor a sal y cabellos despeinados. Me voy hasta el horizonte y me pierdo de vista. Me pierdo allá, al final de todo, en la infinita línea azul que separa los mundos en dos: el cielo y el mar, arriba y abajo. Esa línea que no empieza ni termina en ningún sitio… o empieza en todos lados y termina en donde yo decida. Ahí elijo quedarme. Con mis vientos y mareas, con mi sol y mi azul, acostada y bien estirada, sobre la infinita y deliciosa línea que delimita el horizonte.

martes, 7 de febrero de 2012

Crónicas de viaje

Día 0
Dejarlo todo; o casi. Dejar la casa, la cama, la almohada, la comida, el calor. Dejar todo lo que no se sabe muy bien qué es y lo que sí, también. Dejarlo por un rato, tratar de no cargar tanto equipaje, y de no extrañarlo. Dejar relojes, teléfonos y algunas comodidades. Liberarse y emprender el viaje.

Día 1
Hoy volé. Me acomodé, cerré mis ojos y al respirar sentí ese aire distinto y renovador. Como un vapor frío o viento de mar, entró con fuerza y se dispersó por cada rincón de mis pulmones acelerados. Me refrescó, me renovó. Sonreí, no pude evitarlo. Sonreí como hace mucho no lo hacía, con los ojos, con el pecho, con mi todo. Me acerqué al sol, sentí su calor en mis alas. Sobrevolé las nubes, atravesé tormentas y me abrí paso entre el gris. Llegué a la luz y no me quemé. Mis ojos se acostumbraron y mis alas no se derritieron. Más se encendieron.
Así voy aprendiendo a volar, a elevarme con el viento. Así voy sintiendo cosas más cerca, voy perdiendo el miedo y aprendiendo a planear. Por si llegara a fallar el impulso, yo prefiero saber planear.

Día 2
Amanecer en el aire, cerca de las estrellas, no es algo de todos los días. Bajé del cielo, tuve paciencia, busqué la sonrisa simpática que muestra los dientes para entretenerme y no dormirme. Aguanté el hambre, el sueño y el cansancio. Llegué. Olí los árboles nuevos, miré los pájaros con atención, y así arranqué.
Vi la perfección hecha persona ante mis ojos, la sutileza de cada movimiento, la majestuosidad de cada actuación, el manejo ideal de los cuerpos. Las más perfectas siluetas, los más elaborados maquillajes, los más cuidados disfraces. Y todo lo que una persona puede ser capaz de hacer con su cuerpo, sin vacilar. Colores, luces, saltos. Brillos, elásticos, vértigo. Voces, vueltas, aplausos. Y el corazón en un hilo casi escapándose de mi cuerpo. Y la emoción haciendo ebullición. Y las lágrimas que no pude evitar.

Día 3
Empezó la magia. Ellos caminan en sus calles y los pequeños soñadores con sus sombreros, con sus orejas, con sus disfraces, los persiguen, los tocan, los miran. Sus ojitos brillan, sus pequeños dientes se hacen notar y la emoción se les escapa por las manos. Son felices. Cumplen el sueño. Y yo también. Hoy volé a Marte con gritos de emoción y volé sobre los más asombrosos paisajes. Levanté mis pies para no mojarme los deditos, agaché mi cabeza para no golpearme con una pelota, y me despeiné con la velocidad. Vi delfines, jugué con agua, llegué a las estrellas y reí.

Día 4
Gritar y gritar. De miedo, de emoción, de felicidad, de frío, de velocidad. Gritar porque libera energía y porque la potencia. Gritar porque así sale, gritar porque sí. Caer a toda velocidad, sentir el calor de una explosión, salvarte de la inundación, verlo todo en cuatro dimensiones. Rock and roll, guitarras, velocidad, luces de neón, y ‘si el volumen está muy alto es porque sos muy viejo’. Paredes rotas, manchas de pintura, un solo ojo o tres en una remera, mucho verde y caer con estilo. Para volver a gritar. Y porque acá soy feliz.

Día 5
Árboles, sombra, humedad, césped. Madera, aves, monos, ardillas. El Árbol de la Vida. Meterse en la selva, hacer silencio para ver murciélagos, no moverse bruscamente para no espantar aves. Plumas, semillas, tierra. Tres tigres, dos leones y una chita. También velocidad. Un tren y unas canciones que hacen explotar el corazón. Un león rey, dinosaurios y el caudal de un río. Agua, sol, plantas. Naturaleza. El círculo de la vida. Y sigamos nadando, que todo va a estar bien.

Día 6
Tener paciencia. No tentarse. Sentir las ganas. ¿La necesidad? Darse algunos gustos. Aprovechar y tener paciencia.

Día 7
Magia, sonrisas de oreja a oreja y muchas emociones buscando escapar por cada poro. Un castillo. El castillo de todas las historias azules. Donde todos los sueños se hacen realidad. Las canciones de la infancia y las de toda la vida. Las que te erizan la piel y saltan en lágrimas. Los niños abriéndose paso entre piernas largas que van muy lentas para el ritmo que esos pequeños corazones tienen. Y yo también me abro paso ente ellos y canto y sonrío y contesto. Y digo con toda mi fuerza y fe junto con ellos “yo creo en los sueños” mientras los fuegos artificiales, las luces y las voces más hermosas entonan que los sueños sí se hacen realidad. Y lloro una vez más.

Día 8
Llego y veo. Llego y siento; pero acá algo falta. Atravieso calles sin tanto olor a pochoclo. La música me envuelve, el jazz, el blues y las corcheas que caen sobre mi cabeza, me despeinan y se apoderan de mis pies, de mis brazos y mi humor. Esta música siempre me pone de buen humor. Acá intrigan y atrapan, pero no hacen saltar lágrimas. Despeinan y hacen gritar. Llegás al punto del carril en el que te preguntás qué hacés ahí. Es donde el corazón se detiene, los ojos se salen de órbita y la garganta se descose. El mundo se da vuelta y el cuerpo sigue su rumbo al cielo mientras un soporte te trae de nuevo a la tierra. O al menos, te acerca a ella.

Día 9
Empezar la aventura muy arriba, con el corazón queriendo escaparse y el vértigo dando saltos sobre mi cabeza. Con la velocidad, la altura y las vueltas, todas juntas. Y seguir en la aventura, mudarme de isla en isla buscando nuevas historias hasta llegar a la esperada, la más ansiada, la más poblada. El mundo que soñé tantas veces, al que siempre quise pertenecer y en el que tantas otras me sumergí. El sitio del que fui parte tantos años, pero nunca había podido vivir de esta forma. Volar, gritar, saborear. Y volar con él, que me hable a mí, que me mire a mí, y esa musiquita que me sé de memoria envolviéndolo todo, dándome todo,  estallándome en un grito que no pude callar y en un llanto que no supe frenar.

Día 10
Un sueño me sacudió. Lloré un poco. Viajé. Vi dos árboles hermosos y un atardecer naranja.

Día 11
Hoy sentí miedo. Miedo al ver semejante monstruo flotante, miedo al mundo de ojos ciegos que lo elige, miedo a tanto azul a mi alrededor. También reviví emociones, sonreí y disfruté de algunos placeres. Pero tuve miedo. Y también tuve miedo de extrañar.

Día 12
No quiero tantos cubiertos, no quiero tanta comida, ni tantas copas que brillan. A mí, con un poco de sol y un libro bajo el brazo me alcanza para ser feliz.

Día 13
Empiezo a extrañar. Aguanté bastante esta vez. Empiezo a buscar rincones. A buscarme. La falta de comunicación me pesa, pero me hace más fuerte. Ya extraño. Y (te/me) busco.

Día 14
Me pregunto si desde allá verás la luna. Si será la misma que yo veo desde este lado del mundo. Si la verás tan prolija, brillante y deliciosa. Si la verás mientras yo también la veo.

Día 15
Hay que convivir. Quiero tierra, quiero mi bici, mi montaña, mi habitación.

Día 16
Somos amigos. Corremos, nadamos, saltamos y reímos juntos. Hoy somos amigos.

Día 17
Último día. Aprovecho lo que queda, lo que más me gustó, lo que se pueda. Me relajo y pienso. Sobre una reposera sonrío, tranquila. Respiro mar y me dejo mecer con los ojos cerrados.