sábado, 19 de marzo de 2011

Papá aventurero


Mi papá siempre fue de esos padres aventureros. Todos los fines de semana partía, en su moto de enduro o en su 4x4 a cazar nuevas aventuras, descubrir nuevos caminos, saltar entre las piedras, o hundirse en la arena. No había sábado que se quedara en casa. Con lluvia, nieve o sol, él igual emprendía sus viajes. Y a veces nos acarreaba a nosotros. Los cuatro que conformábamos la familia en ese entonces, repartidos en dos motos, peleándonos con mi hermano por quién manejaba a la ida y quién a la vuelta. Esos viajes me gustaban un poquito más. Eran caminos relativamente fáciles, y yo podía tener el control del vehículo y manejarlo a mi antojo. Me cansaba: pedía tiempo, y me lo daban. Me enterraba: papá me salvaba en menos de un segundo.

Pero cuando mi papá nos metía en su 4x4 ahí ya no me gustaba nada. Salíamos muy temprano, recorríamos no sé cuántos caminos destrozados, subíamos no sé qué cerros, y todo a los saltos, a los golpes y cabezazos. La camioneta trepaba en vertical, y yo juraba que en cualquier momento nos caíamos para atrás. Mi cuerpo viajaba tenso, me clavaba mis propias uñas, me sangraban las palmas de las manos, mis dientes rechinaban. Luego nos inclinábamos hacia la derecha. Yo me movía hacia la izquierda pensando que mis pocos kilos podían hacer contrapeso a tremendo vehículo. Y estamos a punto de volcar. Ahora volcamos. ¡Papá, nos vamos a dar vuelta! Me gritaba el alma entera desde adentro. Cerraba los ojos, escondía la cabeza entre mis rodillas, pero mi cuerpo todavía sentía la pendiente. Tenía que hacer muchísima fuerza para no golpear contra los vidrios. Basta, por favor. ¡Quiero ir caminando! Callate, que no pasa nada. Entonces tenía que callarme. Hacerme una bolita, enroscarme completa sobre el asiento, mientras las piedras y los pozos me hacían saltar. Y mi hermano gritando que sí, que se meta por el río, que suba esa piedra gigante. Y yo llorando a gritos, sufriendo como nunca, con dos nudos en la garganta y ganas de tirarme por la ventana. Llegaba el almuerzo y por fin parábamos. Comíamos sobre alguna piedra o césped unos sanguches o un asado, a veces nos bañábamos en el río, jugábamos con un frisbee, y volvíamos a la camioneta. Hora de volver. Bueno, por lo menos ya pasó la mitad del día. Pero el camino de vuelta era igual de espantoso que el de ida. Mi papá nunca se cansaba de arriesgarse. Nunca elegía el camino que estaba marcado. Quería ser el primero en transitar cada metro de tierra.

Y por fin salíamos a la ruta, cuando ya era de noche, y mis músculos todavía no lograban recuperarse. El dolor estaba ya instalado en todo mi cuerpo. Los ojos se me habían hinchado de tanto llanto reprimido. Ahora la camioneta no se moverá tanto, tal vez pueda descansar. Pero cada luz que me alumbraba de frente me significaba una amenaza. Cada auto que se dirigía hacia nosotros volvía a tensarme los músculos. Entonces una vez que pasaba, recién cuando veía la lucecita azul en el tablero, indicando que la luz alta estaba encendida, recién entonces empezaba a sentirme a salvo. Porque no venía nadie de frente, porque veía más. Confianza en mi padre al volante, nunca me ha faltado. Pero él siempre tenía esas ansias de elegir innecesariamente los peores caminos (o esos que para mí eran los peores). Entonces cerraba mis ojitos, relajaba mis manos, mis dientes. Trataba de dormir. Pero otro par de ojos luminosos que se acercaban me obligaban a abrirlos. Me mantenía atenta hasta que pasaban. Y cuando la luz azul, mi favorita, volvía a encenderse, otra vez estaba a salvo. Con esa luz encendida, ya casi estaba en casa.

jueves, 17 de marzo de 2011

Unidos

Las z’etoiles de esos dos niños estaban juntas en el cielo; 
algunas noches eran claramente visibles a la derecha de la luna.

Tx: Isabel Allende, La isla bajo el mar | Ph: google.com | Edición: Valebé

domingo, 13 de marzo de 2011

Empezar de nuevo

¿Cómo se empieza de nuevo?
¿Cómo se escribe o se dibuja sobre una página que está en blanco?
¿Cómo se arranca desde cero?
¿Cómo se logra la confianza?
¿Cómo se teje una nueva historia?
¿Cómo se conoce lo que tiene un gustito diferente?
¿Desde dónde se empieza?
¿Cómo se quitan los frenos de mano?
¿Cómo se saltan o esquivan los nuevos obstáculos?
¿Cómo se empieza de nuevo?
¿Cómo se hace?

miércoles, 9 de marzo de 2011

Valor

Quisiera haber tenido el valor suficiente para decírtelo,
para contártelo de frente.

lunes, 28 de febrero de 2011

Caos

Yavi, Jujuy, Argentina
Ahí estoy. Desde esa imagen te saludo. ¿No me ves? Soy ese cielo que grita, llueve y te golpea. Te alaba, te aplaude y te enmarca. Y sin que te des cuenta ya te estoy sonriendo. Te estoy meciendo. Te alumbro, te suspiro, te beso. Hasta que caigo y pataleo. Zapateo, salpico y muerdo. Luego sangrás vos, sangro yo y me hundo bajo el suelo. Duermo en silencio. Cierro mis ojos, me rodea la oscuridad. Hasta que una luciérnaga se enciende y quiero luz. Pido luz. Imploro luz. Más luz. Dame más. Que explote. Que me encandile. Que me agobie, me queme, me canse. Que se rompan los silencios, los vasos y las paredes.

Soy el césped que se ahoga, sale a flote, se inunda y sabe nadar de pecho. El barro que pisás, el que te ensucia, te limpia, te alimenta. Tropiezo, me desnuco, lloro. Me levanto, me seco, me limpio. Y siempre vuelvo a caer. Me armo, me desarmo. Me desarmo, me armo. Levanto una piedrita, la guardo en mi bolsillo, se mojan mis deditos. Te guardo en mi bolsillo. Me cuelgo de tu cuello, te muerdo el hombro. Te beso en esta libertad, en esta paz. Te tengo en este mundo, en todos estos golpes. Me encuentro entre estos colores, estoy sola en este caos.

En éste, mi eterno vaivén de luces y oscuridades, soy toboganes, soy calesitas, soy trampolines, hamacas y resortes. Soy el silencio que te calma, el que te quiebra de rabia. Soy la sonrisa que te eleva, el llanto que te estrella contra el suelo, que te desfigura, y que te hace volar. Soy agua, soy fuego. Salto, me elevo, vuelo, me quiebro. Y también vuelvo. Tropiezo, lloro y río. Me hago, me deshago. Me creo, me destrozo. Respiro. Me ahogo. Suspiro. Sueño.

Soy la tormenta que rompe la calma. Soy la calma tras la tormenta. Soy la tranquilidad que apacigua el caos. Soy el caos que quiebra la paz. Soy la tranquilidad en el caos. Soy el caos mismo.

No te escapes

No te escapes.
Vení.
Llamá.
Seamos.
Podemos.
Sentime.
Mirame.
Quiero.
Dale.
Volvé.
Aparecé.
Decí.

¿Y si te digo que te necesito?
¿Y si te digo que te extraño?
¿Y si te digo que te busco?
¿Y si te digo que te quiero?

jueves, 24 de febrero de 2011

Recordándote

Querida M.

Quisiera saber cómo estás. Si tu alma ha encontrado la paz que tanto ansiaba. Si tu cabeza descansa sobre un cuerpo al que amas. No creas que me he olvidado de vos. Eso es prácticamente imposible; bien sabés que sería como pedirme que deje de escuchar los discos de Frank Sinatra a todo volumen una y otra vez. Cada noche que espío a las estrellas me acuerdo de vos y aquello que una vez me dijiste sobre la luz que cada una de ellas emite. Cómo olvidarte si me enseñaste el nombre de mi estrella favorita. Y todavía estás acá. Y rondás por mi cabeza. Y te encuentro en cada gorrión que toma vuelo. Porque con vos pasé toda una tarde tomando mates y hablando de gorriones y sabores de helados.

Me pregunto si lograste librarte de aquellas cuerdas que tan fuerte te ataban al suelo y te impedían despegar. Si descargaste algo del peso de tu espalda. Si sos más liviana y te diste cuenta que así es más fácil caminar, se salta más alto y se vuela más lejos. Mujer, ¡sí que llevabas peso en aquel entonces! A mí la sociedad ya me pesa un poquito menos. Aprendí tanto en este tiempo... es increíble cuánto se aprende cuando creés que ya no te queda nada de luz por delante. Aprendí de mí, de la gente, de las letras, de la naturaleza. De la naturaleza más que nada, que en realidad, es la que lo tiene todo. Nos tiene a todos.

Me pregunto si estarás conociendo todos aquellos destinos que nos prometimos esa fría noche de chocolates y un pedazo de papel cuadriculado. Si estarás instalada y quieta en uno de ellos, o serás tan nómade como soñábamos. ¿Llevaste tu bicicleta con vos? En cada bici azul que cruzo por la calle te busco... pero nunca sos vos quien la maneja. A veces es tu peinado, a veces la forma de tus piernas, otras tu mochila desteñida... pero nunca sos vos completamente. Tal vez hasta conseguiste la réplica del Van Gogh que tanto te gusta. Yo intenté copiarlo hace un tiempo. Pero el resultado fue tan espantoso, que lo escondí en el fondo de mi ropero, junto con las cartas de los amantes de antaño. Tal vez a las polillas les guste, quién sabe.

Quisiera saber de tus ganas, de tus nuevos sueños, de tu corazón. Espero que tus ansias de tener el mundo ante tus ojos no hayan cesado y ya hayas conseguido un montón de recuerdos para contarme algún día. Me pregunto si seguirás luchando por aquello que te robaba algunas lágrimas cada vez que me lo explicabas. Estoy segura que no bajaste la espada y que ya debés haber logrado mucho más. Hasta te imagino de la mando de quien haya invadido tu inmenso y frágil corazón y te cuide tras su escudo también, mucho más de lo que cualquiera acá pudo haberte cuidado.

Te imagino libre, despeinada, con una o dos arrugas más y una sonrisa dos veces mayor que la que conocí. Te imagino con muchos libros más en tu lista de “genialidades ya masticadas” y con la cabeza en alto hacia el sol. No puedo imaginarme dónde estás, ni con quién. Pero estoy segura que feliz. Al menos eso es lo que más deseo.

Te dejo estas letras en ese lugar que fue tan nuestro y al que tal vez algún día que me extrañes, decidas volver a buscar algún eco de lo que allí vivimos. Te las dejo ahí porque no sé qué puerta golpear, qué colectivo tomar, ni en qué planeta estarás cazando un arcoiris ahora.

Esperando saber pronto de tu sonrisa y tus nuevas aventuras, lleno el sobre de abrazos, que ésos tal vez viajen y te encuentren. Y mientras sigo con mis luchas internas que jamás terminan, espero tus noticias.

Te quiere desde el primer día (y te extraña montañas),

La de la bici amarilla.