jueves, 7 de junio de 2012

Abismos

Retomando este espacio, con letras que ya tienen cinco meses, que escribí desde el mar.

Estoy en ese vertiginoso segundo de silencio entre dos acordes. El que en tan poco tiempo promete abrir tus venas y hacerte explotar. El que explota sin pedir permiso, o sin darte tiempo a responder. Estoy en el grito a toda voz que le falta una bocanada para quebrar el silencio. Estoy en el delgado hilo que todavía une los dos extremos de la cuerda. Estoy en la ola que sigue avanzando siempre a punto de romperse. Estoy en el mar, que de tanto mecerse, ya se ha mareado. Estoy en ese pedacito de caracol que llega a la orilla y se entierra por fin, para quedarse quieto. Se hunde en la arena con las últimas brazadas, para refugiarse y esperar que algún niño curioso lo encuentre, lo desentierre y lo lleve, orgulloso, como su nuevo tesoro. Lo muestre, lo luzca, lo viva. Para cuidarlo, para abrigarlo, para curarlo.

lunes, 26 de marzo de 2012

Algunos lugares

Había muchos lugares en mi ciudad,
y muchos más en el resto del mundo.
Unos más lindos que otros,
unos más libres, otros menos poblados,
unos más azules, otros menos nombrados.

Había muchos lugares que yo transitaba,
que caminábamos,
que besábamos,
(que nos besábamos).
Lugares de día, de noche, de tarde,
y a veces también de madrugada.

Lugares en los que empecé a esconder,
a resguardar,
a enterrar por cuidar
algunos álguienes.

Alguien de un color, alguien de otro,
alguien de jean, alguien de piel,
alguien de plumas y de miel.
Álguienes que se fueron quedando,
anidando, apoderando,
haciendo de esos lugares sus rostros,
sus luces, nuestras risas.

Lugares que hoy ya no son míos
y que a veces prefiero evitar.
Lugares que me llenan de voces,
besos, vasos, brazos,
y a veces una lágrima.

Lugares a los que a veces vuelvo
y otras sólo los miro de reojo,
haciendo de cuenta que no me llaman,
que no me gritan,
que no hay ningún rostro,
ninguna voz,
ningún alguien,
ninguna nada.

Haciendo de cuenta,
siempre haciendo de cuenta,
que ahí, entre nosotros,
no pasó nada.

sábado, 10 de marzo de 2012

Cinco piedritas de colores

Yo tengo cinco piedritas de colores ordenadas según su tamaño sobre una mesita de mi casa. Son cinco, de cinco colores distintos, de cinco tamaños distintos, y a mí me gusta tenerlas prolijas, cada una en su lugar. Siempre me pareció que tienen algún tipo de magia escondida, y siempre pensé que si ellas estaban ordenadas de tal forma, todo a mi alrededor también lo estaría.

Pero sucede que a veces las piedritas se me desordenan. Nunca sé si es que la gente las ve, se tienta y las toca, si es el viento que dejo entrar fuerte por la ventana, o si soy yo la que a veces, por caminar un poco distraída les doy un codazo. El caso es que tengo cinco piedritas que cuido y ordeno, que me miran y ordenan.

Hay dos más grandes que el resto: una es azul y brillosa como el mar, y la otra es verde como el césped y las montañas. Después sigue una naranja que siempre me hizo acordar al sol y a los amaneceres. La cuarta es roja como la sangre, como el caos y la fuerza. La más chiquita es gris, el mismo gris de los miedos y de los días en que llueve y hace frío y parece que nunca va a parar.

Son cinco piedritas mágicas que tengo, miro y les invento historias desde que soy pequeña. Son las que a veces se mueven para cambiarme un poco el orden y la rutina. Yo me quejo, lloro un poco (a veces bastante) y mientras trato de ordenar mis piedras, mis mares y mis miedos, voy aprendiendo, voy creciendo y haciéndome fuerte. Cuando puedo ver las cosas de nuevo como me gusta verlas, cuando la mañana es la mejor hora y la gente empieza a emitir luz, es cuando me doy cuenta que es hora de volver cada piedrita a su lugar, cada color donde tiene que estar. Y así vuelven las luces y los colores, la paz y el orden. La vida vuelve a cantarme al oído con alguna voz que encuentra en el camino, y mi guarida vuelve a mecerme al ritmo de alguna brisa pasajera.

viernes, 2 de marzo de 2012

Un hilo que se hizo río

Siempre fui un poco lenta para estas cosas, ya lo sé. Pero esta vez tu rapidez me tomó por sorpresa y me dejó sola, completamente sola en el abismo de silencio que la ciudad hizo en ese mismo momento.

Pestañeé y ya no estabas.

El cuadro más hermoso estaba pintado en el charco que tus pies esquivaron, y no sé si llegaste a verlo. El charco, que de tanta humedad, prefiere refrescar con luces a los ojos que miran tristes y cansados.

Corría un delgado hilo de sangre por mi piel, seguía por el suelo, y creo que tampoco lo viste. El hilo de sangre que de tan sigiloso, a veces se hace abrazo para no desafinar con la quietud del aire. Un abrazo en el que dejo un pedacito de mí pero nunca sé si llega entero. Aunque sea sólo un pedacito, me gustaría que sepas atraparlo.

Pestañeé y sólo me quedaba tu espalda alejándose, un nudo en no sé qué parte que me abarca casi todo el cuerpo, y una represa estallando en pedazos. Un hilo de sangre ahora hecho río entre las baldosas desparejas, algunas palabras quemándome la garganta, y un par de manos vacías al rojo vivo.

viernes, 17 de febrero de 2012

Tiempo al tiempo

A veces pierdo la noción del tiempo y otras me doy cuenta que éste se detiene y no quiere avanzar. Cada segundo duele como una espada en el medio del pecho, mientras yo sigo arrancando las cascaritas de la pared ahora tan desprolija. El tiempo ya no se escapa por un hueco, y tampoco lo absorben las paredes calurosas. Ya no juega a esconderse, ni jugamos a adivinarlo.

El tiempo que tantas cosas puede, es el mismo tiempo que todo lo destruye y hoy me inquieta, me incomoda y me aturde.

lunes, 13 de febrero de 2012

Del mar y su medicina

Que el tiempo y la distancia harían bien, dijimos… y al menos por este lado, fue positivo.

El viento me despeinó algunas ideas que estaban un poco quietas y las olas me salpicaron un poco de frío en la panza. Tuve que dar unos saltitos y cerrar con fuerza los ojos, pero igual el mar terminó salpicándome y revolviendo la arena que estaba bajo mis pies; quitándomela con cada ola que yo dejaba llegar. Y me dejé hundir; me dejé enterrar mientras miraba cómo mis pies se iban perdiendo. Fue entonces cuando me rodearon algunos peces blancos. Simpáticos y veloces, jugaron entre mis piernas y me acariciaron sin miedo. Y yo a veces con tanto miedo a mover mi alfil.

Las olas revolvieron sensaciones y acomodaron palabras. Las piedras quisieron volver a abrir lastimados pero me di cuenta que la arena ya estaba puliendo cicatrices. Cicatrices que me llevaron mucho tiempo y muchos mares.

Me dijeron que el mar haría bien, que es el sitio de los poetas. Yo de poeta no tengo mucho, pero el mar siempre me hace bien. Y esta vez que pude sumergirme bien adentro, descubrí entre tanto azul, el color más puro y el ritmo perfecto de las olas.

La marea trajo calma y el sol me regaló toda la luz que estaba faltando. La bruma empañó mis ojos y entre las olas ya no pude distinguir mis lágrimas de las del resto del mundo. El viento me impulsó a volar y sobre la superficie del mar aterricé. En la línea del horizonte, esa que de tan hambrienta, se traga al sol cada atardecer. Ahí mismo descansé.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Línea de horizonte

El agua se agita, las olas se elevan y yo me sumerjo en ellas. Me dejo llevar. Tal vez al otro lado exista algo más que desde acá no nos dejan ver. Tal vez allá el viento siga soplando y el sol sea aún más mío. Entonces decido irme; sigo una ola con la mirada, y me siento cómoda sobre ella, me elevo, desciendo y me alejo, de a poco y en vaivenes casi regulares me muevo. Al compás de mi música me alejo, con olor a sal y cabellos despeinados. Me voy hasta el horizonte y me pierdo de vista. Me pierdo allá, al final de todo, en la infinita línea azul que separa los mundos en dos: el cielo y el mar, arriba y abajo. Esa línea que no empieza ni termina en ningún sitio… o empieza en todos lados y termina en donde yo decida. Ahí elijo quedarme. Con mis vientos y mareas, con mi sol y mi azul, acostada y bien estirada, sobre la infinita y deliciosa línea que delimita el horizonte.