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viernes, 2 de marzo de 2012

Un hilo que se hizo río

Siempre fui un poco lenta para estas cosas, ya lo sé. Pero esta vez tu rapidez me tomó por sorpresa y me dejó sola, completamente sola en el abismo de silencio que la ciudad hizo en ese mismo momento.

Pestañeé y ya no estabas.

El cuadro más hermoso estaba pintado en el charco que tus pies esquivaron, y no sé si llegaste a verlo. El charco, que de tanta humedad, prefiere refrescar con luces a los ojos que miran tristes y cansados.

Corría un delgado hilo de sangre por mi piel, seguía por el suelo, y creo que tampoco lo viste. El hilo de sangre que de tan sigiloso, a veces se hace abrazo para no desafinar con la quietud del aire. Un abrazo en el que dejo un pedacito de mí pero nunca sé si llega entero. Aunque sea sólo un pedacito, me gustaría que sepas atraparlo.

Pestañeé y sólo me quedaba tu espalda alejándose, un nudo en no sé qué parte que me abarca casi todo el cuerpo, y una represa estallando en pedazos. Un hilo de sangre ahora hecho río entre las baldosas desparejas, algunas palabras quemándome la garganta, y un par de manos vacías al rojo vivo.

viernes, 17 de febrero de 2012

Tiempo al tiempo

A veces pierdo la noción del tiempo y otras me doy cuenta que éste se detiene y no quiere avanzar. Cada segundo duele como una espada en el medio del pecho, mientras yo sigo arrancando las cascaritas de la pared ahora tan desprolija. El tiempo ya no se escapa por un hueco, y tampoco lo absorben las paredes calurosas. Ya no juega a esconderse, ni jugamos a adivinarlo.

El tiempo que tantas cosas puede, es el mismo tiempo que todo lo destruye y hoy me inquieta, me incomoda y me aturde.

sábado, 31 de diciembre de 2011

Un solo nudo

No entiendo muy bien qué es lo que ha pasado, pero se me arremolinaron los colores aquí dentro. Se enredaron cual finos hilos, se mezclaron, se anudaron y no dejan que la vida siga deslizándose con ellos. Todo se me hizo un solo nudo y no sé por dónde empezar a desarmarlo. Tiro de un lado y más se enreda. Tiro del otro, y lo veo a punto de romperse. Ya no sé, te juro que no sé.

Algo me hace eco en el pecho, me siento vacía, me siento oprimida. Un dedo desde lejos me señala, mientras el mío busca el huequito por donde todo se debe haber filtrado. Tiene que haber uno, ¿verdad? No se me puede haber escapado tanta luciérnaga sólo por la boca y las orejas.

Se me atragantan las palabras que no sé decir. El miedo no deja que lo que siento se convierta en voz. El mismo miedo me agarra las manos y adormece mi lengua. Y nada puede salir. Tampoco puedo besar. Y todo es otro nudo, esta vez en mi garganta. Garganta que hace ruido, que se hincha, que explota. De nuevo el miedo se encarga de retener mis lágrimas. De acumularlas adentro para que hagan más bulto, más raspones, más nudo.

Hasta que caigo.

Y me aturdo en el suelo aún con la cabeza entre tanta almohada.

Los ojos se me nublan, el cielo tiembla, el cuerpo se me resbala, el alma se me rebalsa.

Del hilo de un globo azul me quiero agarrar. Que me vuele lejos, que me soples vos y guíes mi vuelo. Si querés, puedo amoldarme al frío y lloramos de la mano allá, en el círculo polar. O nos escapamos al sur sin dejar ninguna nota en la heladera.

Los pies entumecidos, el peinado que a vos te gusta y todo lo que me quedó entre las manos.

Las ganas de reír, el abrazo que no quiere soltarte y todo lo que me queda por decir.

El impulso, el valor, el saltito, el charco, el ratito y todo lo que queda por descubrir.

El nudo que me sube y me baja, que enseña y aprende, que te busca a cada instante, pero que no te quiere anudar.

domingo, 25 de diciembre de 2011

Yéndome de a poquito

[Lo que lloraba hace un tiempo.]

He vuelto al suelo. Al subsuelo. Al supuesto punto perfecto de la anestesia, pero esa anestesia mal puesta y sin cuidado, por la que de a ratos penetra un enorme y punzante dolor. El que desgarra hasta los cordones de las zapatillas y atraviesa el tórax de punta a punta. El que yo nunca más iba a sentir… y ya me ves.

He llegado al punto en que me detengo y me pregunto qué hago aquí, dónde estoy y a dónde voy. A dónde quiero ir. Pero una parte de mí sigue caminando por inercia, por costumbre, porque sino, el colectivo tan lleno de gente me choca y quedo bajo sus ruedas. No quiero seguir. No sé hacia dónde moverme. Me duele el alma. Me duelen los ojos. Que todo vuelva. Que la herida deje de sangrar, ya es hora.

He llegado a lo inevitable. A lo que planeaba. Bueno, esto no se planea… pero se sabe que va a llegar. Podía mantenerlo al costado dándole sutiles pataditas… pero me descuidé y entró. Junto con su voz y junto con mi cansancio. Y acá está, acostado a mi lado, con su enorme y oscuro brazo sobre mi cuello, dificultándome la respiración. Con sus ojos clavados en mí, consumiéndome de a poquito, cada vez más hondo, cada vez más incandescente.

Pero ya no quema. Ya no hay piel que queme. Ya no duele. Ya no hay alma que grite. Ya no hay sangre ni momentos por compartir. La paciencia se pierde y el amor también. Las razones por las que luchar son cada vez menos y las ganas de sonreír también. Los sueños y los planes se van, y con ellos las ganas de vivir. La vida… la vida entera se me va. Ya se fue. Y yo me voy… yo también me voy.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Color naranja

- Es un lindo color el naranja, ¿no? Los amaneceres son naranjas…
Yo supe que esperaba confirmación, complicidad. Pero  todo lo que pude hacer fue sonreír a medias, sobre mi mejilla derecha, y agregar:
- Los atardeceres también son naranjas.