martes, 7 de febrero de 2012

Crónicas de viaje

Día 0
Dejarlo todo; o casi. Dejar la casa, la cama, la almohada, la comida, el calor. Dejar todo lo que no se sabe muy bien qué es y lo que sí, también. Dejarlo por un rato, tratar de no cargar tanto equipaje, y de no extrañarlo. Dejar relojes, teléfonos y algunas comodidades. Liberarse y emprender el viaje.

Día 1
Hoy volé. Me acomodé, cerré mis ojos y al respirar sentí ese aire distinto y renovador. Como un vapor frío o viento de mar, entró con fuerza y se dispersó por cada rincón de mis pulmones acelerados. Me refrescó, me renovó. Sonreí, no pude evitarlo. Sonreí como hace mucho no lo hacía, con los ojos, con el pecho, con mi todo. Me acerqué al sol, sentí su calor en mis alas. Sobrevolé las nubes, atravesé tormentas y me abrí paso entre el gris. Llegué a la luz y no me quemé. Mis ojos se acostumbraron y mis alas no se derritieron. Más se encendieron.
Así voy aprendiendo a volar, a elevarme con el viento. Así voy sintiendo cosas más cerca, voy perdiendo el miedo y aprendiendo a planear. Por si llegara a fallar el impulso, yo prefiero saber planear.

Día 2
Amanecer en el aire, cerca de las estrellas, no es algo de todos los días. Bajé del cielo, tuve paciencia, busqué la sonrisa simpática que muestra los dientes para entretenerme y no dormirme. Aguanté el hambre, el sueño y el cansancio. Llegué. Olí los árboles nuevos, miré los pájaros con atención, y así arranqué.
Vi la perfección hecha persona ante mis ojos, la sutileza de cada movimiento, la majestuosidad de cada actuación, el manejo ideal de los cuerpos. Las más perfectas siluetas, los más elaborados maquillajes, los más cuidados disfraces. Y todo lo que una persona puede ser capaz de hacer con su cuerpo, sin vacilar. Colores, luces, saltos. Brillos, elásticos, vértigo. Voces, vueltas, aplausos. Y el corazón en un hilo casi escapándose de mi cuerpo. Y la emoción haciendo ebullición. Y las lágrimas que no pude evitar.

Día 3
Empezó la magia. Ellos caminan en sus calles y los pequeños soñadores con sus sombreros, con sus orejas, con sus disfraces, los persiguen, los tocan, los miran. Sus ojitos brillan, sus pequeños dientes se hacen notar y la emoción se les escapa por las manos. Son felices. Cumplen el sueño. Y yo también. Hoy volé a Marte con gritos de emoción y volé sobre los más asombrosos paisajes. Levanté mis pies para no mojarme los deditos, agaché mi cabeza para no golpearme con una pelota, y me despeiné con la velocidad. Vi delfines, jugué con agua, llegué a las estrellas y reí.

Día 4
Gritar y gritar. De miedo, de emoción, de felicidad, de frío, de velocidad. Gritar porque libera energía y porque la potencia. Gritar porque así sale, gritar porque sí. Caer a toda velocidad, sentir el calor de una explosión, salvarte de la inundación, verlo todo en cuatro dimensiones. Rock and roll, guitarras, velocidad, luces de neón, y ‘si el volumen está muy alto es porque sos muy viejo’. Paredes rotas, manchas de pintura, un solo ojo o tres en una remera, mucho verde y caer con estilo. Para volver a gritar. Y porque acá soy feliz.

Día 5
Árboles, sombra, humedad, césped. Madera, aves, monos, ardillas. El Árbol de la Vida. Meterse en la selva, hacer silencio para ver murciélagos, no moverse bruscamente para no espantar aves. Plumas, semillas, tierra. Tres tigres, dos leones y una chita. También velocidad. Un tren y unas canciones que hacen explotar el corazón. Un león rey, dinosaurios y el caudal de un río. Agua, sol, plantas. Naturaleza. El círculo de la vida. Y sigamos nadando, que todo va a estar bien.

Día 6
Tener paciencia. No tentarse. Sentir las ganas. ¿La necesidad? Darse algunos gustos. Aprovechar y tener paciencia.

Día 7
Magia, sonrisas de oreja a oreja y muchas emociones buscando escapar por cada poro. Un castillo. El castillo de todas las historias azules. Donde todos los sueños se hacen realidad. Las canciones de la infancia y las de toda la vida. Las que te erizan la piel y saltan en lágrimas. Los niños abriéndose paso entre piernas largas que van muy lentas para el ritmo que esos pequeños corazones tienen. Y yo también me abro paso ente ellos y canto y sonrío y contesto. Y digo con toda mi fuerza y fe junto con ellos “yo creo en los sueños” mientras los fuegos artificiales, las luces y las voces más hermosas entonan que los sueños sí se hacen realidad. Y lloro una vez más.

Día 8
Llego y veo. Llego y siento; pero acá algo falta. Atravieso calles sin tanto olor a pochoclo. La música me envuelve, el jazz, el blues y las corcheas que caen sobre mi cabeza, me despeinan y se apoderan de mis pies, de mis brazos y mi humor. Esta música siempre me pone de buen humor. Acá intrigan y atrapan, pero no hacen saltar lágrimas. Despeinan y hacen gritar. Llegás al punto del carril en el que te preguntás qué hacés ahí. Es donde el corazón se detiene, los ojos se salen de órbita y la garganta se descose. El mundo se da vuelta y el cuerpo sigue su rumbo al cielo mientras un soporte te trae de nuevo a la tierra. O al menos, te acerca a ella.

Día 9
Empezar la aventura muy arriba, con el corazón queriendo escaparse y el vértigo dando saltos sobre mi cabeza. Con la velocidad, la altura y las vueltas, todas juntas. Y seguir en la aventura, mudarme de isla en isla buscando nuevas historias hasta llegar a la esperada, la más ansiada, la más poblada. El mundo que soñé tantas veces, al que siempre quise pertenecer y en el que tantas otras me sumergí. El sitio del que fui parte tantos años, pero nunca había podido vivir de esta forma. Volar, gritar, saborear. Y volar con él, que me hable a mí, que me mire a mí, y esa musiquita que me sé de memoria envolviéndolo todo, dándome todo,  estallándome en un grito que no pude callar y en un llanto que no supe frenar.

Día 10
Un sueño me sacudió. Lloré un poco. Viajé. Vi dos árboles hermosos y un atardecer naranja.

Día 11
Hoy sentí miedo. Miedo al ver semejante monstruo flotante, miedo al mundo de ojos ciegos que lo elige, miedo a tanto azul a mi alrededor. También reviví emociones, sonreí y disfruté de algunos placeres. Pero tuve miedo. Y también tuve miedo de extrañar.

Día 12
No quiero tantos cubiertos, no quiero tanta comida, ni tantas copas que brillan. A mí, con un poco de sol y un libro bajo el brazo me alcanza para ser feliz.

Día 13
Empiezo a extrañar. Aguanté bastante esta vez. Empiezo a buscar rincones. A buscarme. La falta de comunicación me pesa, pero me hace más fuerte. Ya extraño. Y (te/me) busco.

Día 14
Me pregunto si desde allá verás la luna. Si será la misma que yo veo desde este lado del mundo. Si la verás tan prolija, brillante y deliciosa. Si la verás mientras yo también la veo.

Día 15
Hay que convivir. Quiero tierra, quiero mi bici, mi montaña, mi habitación.

Día 16
Somos amigos. Corremos, nadamos, saltamos y reímos juntos. Hoy somos amigos.

Día 17
Último día. Aprovecho lo que queda, lo que más me gustó, lo que se pueda. Me relajo y pienso. Sobre una reposera sonrío, tranquila. Respiro mar y me dejo mecer con los ojos cerrados.

lunes, 6 de febrero de 2012

Sueños desordenados

Estos días los sueños se me desordenaron.
Curioso, justo mi vida se estaba ordenando
y yo ya tenía lo que quería en mi bolsillo.
La gente y sus historias hicieron ebullición,
se me aparecieron a deshoras
y hasta me desordenaron la estantería.

Soñé con gaviotas y aviones en el aire,
con abrazos sin miedo y pistas de patinaje.
Soñé que nunca más volvería a amar,
que mi hombrecito lloraba en mis brazos,
que mi abuelita se despedía sonriendo.

Soñé con sus manos, con mis zapatillas,
con un gato azul entre muchos amarillos.
Soñé que nadaba a mar abierto,
que entraba a una casa que no es mía,
que besaba a alguien, que me retaban.

Y soñé con un abrazo, con un beso en mi nariz,
con la calma de una voz y con el infinito.
Soñé con un hilo de luz interminable,
con la dulzura que rebalsa de alguna piel.

Soñé estrellas,
soñé viento,
soñé multitudes,
y no tuve miedo.

jueves, 2 de febrero de 2012

Son aquellas pequeñas cosas

Darnos la mano. Sonreír. Besarnos. Dormir. Mirarnos. Dar la vuelta. Besarnos. Volver a caer. Tocar tu panza. Sonreír. Hacerte el café. Que no digas gracias. Tomar el café. Rozar tu pierna. Besarte. Acumular más tazas en la pileta. Enredarnos en las sábanas. Reír. Mirarnos. Decir. Cortázar. Tu mano en la mía. Galeano. Tu abrazo en mi todo. Los labios. Soñarnos. Decirnos en secreto. Besarnos. Quejarnos. Reírnos. Afuera no existe. Lo demás tampoco. Darnos la mano. Mirarnos. Sonreír. Besarnos. Dormir. Mirarnos. Reír. Reír.

martes, 10 de enero de 2012

La última gota de lluvia

Ya llovió. Y llovió bastante por acá. El cielo se cayó, y casi que yo también. Pero ahora que no hay más lluvia y el sol se abrió paso, enorme, brillante, tras tanta nube gris, los vidrios quedaron decorados con algunas gotas que todavía han de caer.

Arriba, una se hace lo suficientemente grande y en su tiempo y a su ritmo empieza a caer. Se desliza suave por done el cristal le va abriendo camino. Cae como quiere, cae y no se detiene. Se apura, se amontona, se demora, se disfruta. Se acelera, se enlentece y sigue cayendo. Va agarrando y sumando a su trayecto algunas otras gotas que encuentra en su camino. No frena. Ya no. Es la última, sí, la última gota de esta lluvia que ya casi termina de caer,
de dormir,
de morir.

lunes, 9 de enero de 2012

Viento, por fin

[Escrito hace unas semanas, en una de las crestas de la onda.]

Este es el viento que me faltaba, el que esperaba sin saber muy bien cuándo o en qué forma llegaría. Este es el caos que iba a suceder, que tenía que ser. Es la brisa que me habita, esta vez llena de fuerza y tan grande como la valentía. Es la decisión tomada en forma de remolinos que me sacuden a toda velocidad y se van… lejos, donde yo no estoy, lejos, donde ya no estamos. Es el golpe en la cara, los árboles despeinados, el edificio que se sacude y mis ojos que tanto me cuesta abrir. Es la tierra en el aire, el sonido agudo que se filtra por las uniones de las puertas. El viento que tenía que llegar. El caos que vendría a destrozarme. El aturdimiento que me iba a desgarrar. El sacudón que me tenía que sangrar. La mano que me volvería a poner de pie. Así, tal cual. Para volver a ser brisa. Para volver a empezar.

miércoles, 4 de enero de 2012

La vida que sigue

Ya llegué. Acá estoy; donde quería estar, donde ansiaba llegar. Hoy me muestro de pie y cómoda sobre la cima de la montaña que a lo largo de todos estos años me construí. Me siento mayor. Me siento más yo.

Ahora estoy en este mundo donde yo sé que sé y puedo defender mis ideas. Pero rodeada de ese otro mundo que temo me consuma, me apriete y desintegre. Tengo un mundo detrás, un largo camino recorrido y otro mucho más amplio y difícil por delante. Tengo un mundo bajo mis pies y otro sobre mi cabeza. Tengo las ganas y tengo el miedo. Tengo los colores y el silencio. Tengo los sueños y las preguntas. Tengo el valor.

Llegué al punto en que me sueltan las manos, me liberan un poco más las alas. Donde no encuentro la comida servida en la mesa, y al micrófono me lo tengo que encender yo misma. Llegué al punto en que el camino está lleno de bifurcaciones y yo decido para dónde dar el paso. Y a quién llevar conmigo. Y de qué modo.

Acá es donde se decide cómo ser feliz, cómo avanzar, cómo crecer (o no crecer). Acá se elige por qué llorar o por qué reír. Acá aún ensanchamos el pecho, a veces nos ponemos un escudo protector y otras salimos casi desnudos. Pero salimos. Y seguimos. De la mano de alguien, o con un alma volando al lado en forma de globo. Con papelitos en los bolsillos o con el sabor del café en la boca. Acá estamos, acá seguimos, acá miramos para adelante. Acá sonrío, siempre sonrío. Por las almas que me abrazan, por las letras que me explotan, por lo que fui, por lo que no va a volver. Por tantas burbujas, por tanto azul, por los soles y aquella luna. Por el verde, por el aire, por esos ojos y por la paz que a veces me habita. Por tanto y por tan pocos años en la espalda. Acá se sonríe. Sin tanto miedo y con más libertad. Con más soltura.

lunes, 2 de enero de 2012

Un par de ojos tristes

Insiste que no, que no es así… pero en sus ojos hay un mundo entero (y hasta tal vez dos o tres). Son ese par de ojos tristes en los que esconde un puñado de sonrisas que le cuesta regalar, pero que yo las sé encontrar escondidas en el borde más claro de su iris. Sonrisas exquisitas, contagiosas, tímidas.

Ojos que dejan sobre la mesita de luz toda su tristeza cada vez que ríen. Ojos que brillan más que el cielo cuando el sol los busca. Se hacen chiquititos con tanta luz, pero se dejan calentar con cada rayito. Ojos tímidos, escondidizos, que a veces suelen aparecerse detrás de algún escudo protector. Ojitos atentos, curiosos, exploradores. De esos que te observan en silencio desde algún rincón en la sombra. De esos que te miran de reojo buscando algo, siempre tratando de descubrir más. Esos que sabés que no se pierden nada, y por suerte es así.

Un par de ojos en los que navegan barcos, de los grandes y de los chiquitos, de los cruceros y de los de papel. Donde la marea sube y baja con la luna, donde prefieren el frío de la noche, y donde se miran las estrellas. Ojos que se cierran lentamente, que vuelven a abrirse libres y que te besan con sus pestañas. Y también te soplan algunas palabras. Te abrazan, te dejan ver el alma, te abren la puerta para que pases, para que te sientas a gusto, para que vos también rías.

Son un par de ojos tristes que a veces gritan hasta quedar sin voz, y otras sólo guiñan en aprobación. Prefieren no decir mucho, pero siempre se les rebalsa algún gesto de ternura. Se entrecierran en complicidad y se agitan cuando hay fiesta bailando junto a ellos. Se llenan de globos de colores, se llueven y se tiñen de arcoíris. Explotan en silencio, abrazan y enseñan a volar.

Son un par de ojos tristes que se aprende a descifrar, que susurran un nombre sin decirlo, que te envuelven y ya no sabés ni podés escapar.