viernes, 19 de agosto de 2011

Otoño de hojas secas (con voz)

Se merece un post nuevo y no sólo las letritas grises que le agregué al original Otoño de hojas secas. Él es Ale, mi querido Ale, el que sigue haciendo florecer sonrisas entre mis labios, el que sigue abrazándome a la distancia. Con cada palabra me abraza, rompe todos los muros y me revuelve el alma. Me la acaricia y me la devuelve más sana.

Sorprendiéndome, él le dio voz a mis palabras. Las hizo bailar en el aire, brillar en el tiempo, lucirse entre perfectos acordes. Narró eso que llevo dentro, lo vivió, lo sintió tal como yo lo siento. Y supo expresarlo. Es una sensación que llena el alma (y el rostro) de sonrisas y de lágrimas. Por sentirme ahí, por escucharme ahí, por verme ahí. Donde sabemos que volvemos a encontrarnos bailando entre renglones que se confunden con pentagramas, colgándonos de la colita de una letra para saltar al borde de una sonrisa. Para seguir. Para sentir. Para vivir.

Me devolviste los abrazos que buscaba y tal vez creí perdidos. Me regalaste esta hermosa caricia, la que el alma anhelaba pero jamás se atrevió a formular. Me supiste alumbrar. Gracias de nuevo Ale.

Acá lo pueden escuchar.

Habrá que ser fuerte

Si así van a ser las cosas, será mejor que me haga fuerte. Y tiene que ser urgente. ¿Cómo es que llegamos hasta acá? ¿Cómo es que ya no puedo hacerme una bolita y refugiarme en tu ombligo? ¿Dónde estás? Yo creí que el juego de las escondidas ya había terminado. ¿O acaso sigue? Alto taco, yo pido tiempo. Quiero cambiar de juego. Tal vez jugar a otro que no canse tanto. Que se puedan hacer cosas de a dos y no que siempre tengamos que ser nuestros propios rivales. Dale, decí que sí. Seguro que vos también te cansaste. ¿Y si nos acostamos a mirar cómo pasan las nubes? ¿O simplemente a observarnos bajo el sol y descubrir las luces y las sombras en nuestros rostros? Es que tengo esta maldita ne-ce-si-dad (con todas sus sílabas) de sentir que me abrazan. Y tus abrazos son siempre los mejores. Pero bueno, si es que se te acabaron, no voy a insistir. No, todavía no soy tan fuerte como para quedarme con eso. Tengo que convencerte de alguna forma, y sino tendré que robártelos. No, va a ser peor. Voy a quedarme entonces quietecita, tal vez me tambalee un poco con la cabeza agachada mientras te grito con los ojos “por favor, abrazame”. Te lo estoy gritando, ¿no te das cuenta? ¿Ya no podés entender mis miradas? ¿Qué nos pasa? Y soy tan débil y tengo tanta necesidad de un abrazo, que caigo en lo que no quería. Te lo pido, te lo pido por favor. Pero no funciona. Y me ahogo en mis propios fantasmas, y me hundo cada vez más profundo. Se me apagan los ojos, se me oscurecen los rincones. Ojalá me importara un poquito menos. Paren el mundo, me quiero bajar*. Ya no sé a dónde pertenezco. Vuelan imágenes sobre nuestros cuerpos. Me recuerdan esos tiempos en que sólo te miraba y ya lo sabías todo. Yo podía entrar de un saltito en tu iris y navegar hasta tu pupila. Hablar en silencio. Ensanchar el pecho. Las despedidas dolían menos. Me dejabas ir con vos, me dejabas traerte conmigo. Con sólo un beso podía amarte. ¿Dónde estamos? ¿Qué se hace ahora? Tiremos un dado y avancemos. Dame la mano sin que te lo pida. Dejame algún papelito en mi cuaderno. Besame el cuello sonriendo. Deslizá un chocolate en mi bolsillo. Abrazame como si fuera la última vez (o la primera). Dibujá un corazón en mi espejo. Decime algo lindo mientras nos abrazamos en la oscuridad. Preguntame algo más. Soñá conmigo. Dejame intentarlo. Dedicame tu sonrisa más grande. Recién entonces tal vez, pueda empezar a hacerme un poquito más fuerte.

* Dicho, en algún momento y en algún lugar, por Mafalda, de Quino.

lunes, 15 de agosto de 2011

Otoño de hojas secas

El extra: Ale dándole voz a estas palabras aquí.

El viento levanta las hojas del suelo. Las eleva unos centímetros, las hace bailar y las vuelve a aterrizar, un poco más lejos de donde estaban antes. Yo voy en una hoja y tal vez vos en otra. O al menos eso espero. En realidad, creo que sólo lo imagino. Y me acuerdo de aquel momento en que tomaste mi mano con más fuerza, justo cuando lo necesitaba. Lo supiste, algo te hizo saber que yo buscaba tu presencia. Y ahí estabas. También me acuerdo del momento en que te lo dije. No me diste respuesta alguna. Pero allí habías estado conmigo. Y cuánto quisiera tu mano en este momento. Tu roce aunque sea. Tu aliento a mi lado. Con saber que estás me conformo. Pero ni eso puedo ya saber.

Las hojas bailan sin notar mi presencia. Algunas chocan mis abrigos. Quieren acariciarme, pero resbalan. Y vos seguís tan lejos. Qué andarás haciendo. Qué estarás pensando. Dónde estará tu cabecita. Todas esas preguntas que siempre quise que me respondieras, y tan pocas veces lo hiciste. ¿Sabés?, a veces me hacés acordar a ese pequeño personaje de cabellos rubios que nunca respondía nada.

El viento sigue soplando con fuerza, se golpean las ventanas, los árboles cantan… pero no sé por qué esta vez nada me agrada. No puedo ver sonrisas si no está la tuya cerca. No quiero pensar en los rincones que te recorrería si fuera viento. Es mejor el ruido de las hojas secas cuando son cuatro pies los que las pisan y no sólo dos. Sólo tus cabellos se veían bien cuando el viento los despeinaba. Tal vez estés ya muy lejos, remontando algún barrilete de colores. Tal vez tarareás alguna melodía como yo lo hacía cuando caminábamos de la mano. Tal vez sonreís con el cabello despeinado y alguien admira la perfección de los detalles en tu rostro. Tal vez allá lejos remontás un barrilete. Y tal vez… ya sin mí.

jueves, 4 de agosto de 2011

Extrañando(la)

Un día se fue. Se fue y no volvió más. Desde entonces nadie se atrevió a mencionarla. Nadie me preguntó por ella. No pude volver a llamarla por su tierno apodo. Pero no hay día que yo no piense en sus brazos pálidos y su poblado cabello marrón. No hay postre que no quiera convidarle, ni vaso de gaseosa que no le sirva antes a ella. Hay días en que quiero darle tanto, que se me rebalsan algunas lágrimas. No me quejo, no me enojo, ni grito mirando al cielo. Pero la verdad es que a veces la extraño. Y quisiera abrazarla. Y pasarme horas mirándola cómo ríe con el gato que se le enrosca entre las piernas, le roba la silla y corre por el césped. Miralo a tu gato cómo corre. Mirá qué linda la plantita de mango cómo está creciendo. Ay, cuántas flores ha dado el jazmín este año. Pero voy a sentarme más lejos, el olor de tanta flor me descompone. Y yo le sirvo otra porción de flan. Las veces que quiera para verla comer con esas ganas y dejar el plato vacío comentando de lo rico que está. La abrazaría. La abrazaría muy fuerte. Le pediría que me acaricie. Le mostraría cómo me corté el pelo. Así, como a ella más le gusta. Y a mí me gustaba el suyo. Y sus ojitos brillosos. Y su sonrisa. Y su paz. La extraño, esa es la verdad. No hay día que pase sin extrañarla aunque sea un poquito.

domingo, 31 de julio de 2011

Paciencia

Existe en la naturaleza una paciencia 
(tenaz, incansable, constante como la vida misma), 
que mantiene inmóvil durante horas a la araña en su tela, 
a la serpiente enroscada, a la pantera al acecho.

Tx: Jack London, El llamado de la selva | Ph: Earth (movie) imdb.com | Edición: Valebé

martes, 26 de julio de 2011

Una vez más, silencio

Son tantas las palabras que tengo atravesadas en la garganta y en el pecho... sobre todo en el pecho. Empujan por salir, buscan la punta de mi lengua desesperadamente, pero lo único que saben hacer es entreverarse con mi saliva y todas las lágrimas que guardo. Sólo saben despertar aquellos mares de sal y hacerlos caer gota a gota sin importarles más nada. Palabras que ya no puedo contener, lágrimas que no se merecen existir. No hoy. No por esto.

Me cortan la respiración y amenazan con gritar. Siento tanto aquí dentro que no puedo quedarme callada. No otra vez. Cierro con fuerza mis puños y me imagino escupiéndolo todo. Palabra por palabra te las coloco ante tus ojos. Pero no puedo. La presión de mis uñas ya me hace doler las palmas, los dientes amenazan con quebrarse si sigo apretándolos, y mi voz sigue callada. El silencio no quiere ser quebrado. Mientras tanto, mi garganta pide a gritos y mis ojos ya granizan.

No quiero que te duelan. Pero es la verdad. No quiero escucharte llorar. Pero lo siento acá dentro. No te das una idea lo que a mí me duele. Pero no quiero que a vos también.

Voy a callar. Una vez más. Total, ya lo hice tantas veces antes que no se notará la diferencia. Y mañana… ya casi lo habré olvidado. Otra vez. Para no herirte. Para que no me culpes. Para no arriesgarte. Para no arrepentirme. Para no tener que juntar el valor. Porque tengo miedo. Porque de verdad siento que amo. Mientras tanto, me quedo buscando tu abrazo.

sábado, 9 de julio de 2011

Luciérnagas

Voy a confesarte algo. No tengo mariposas en el estómago, y mucho menos en el pecho. No me revolotean mariposas cuando me enamoro. No aletean con fuerza, no.

En cambio, yo tengo luciérnagas. Tengo un montón de luciérnagas tímidas y atentas. Descansan llenas de paz todas apagadas tomadas de la mano. Pero apenas sienten tu voz se encienden con emoción. Algunas saben reconocerte desde lejos. Te huelen, te presienten y ya me van avisando que venís. Que llegás. Que me estás a punto de abrazar. Y cuando tu pecho y el mío se unen no te puedo explicar la fiesta que se me arma dentro. Aleteos por todos lados, cabezas que se chocan contra las paredes, luces tintineando aquí y allá a toda velocidad. No se quedan quietas. Sólo saben hacerme cosquillas en todos los rincones cada vez que te sienten.

Lo admito, cuando están apagadas no son tan hermosas como las mariposas de alas azules o naranjas que muchos llevan dentro. Sé que pueden impresionar un poco más, y muchos las rechazarán y negarán, pero el espectáculo que logran es digno de ser observado sin parpadear. Intento, claro que lo intento, pero nunca fui muy buena con eso de mantener los ojos abiertos por más de unos pocos segundos.

Se encienden cada vez que sale el sol y también con el ruido de las lluvias fuertes. Con las colchas pesadas y con el olor a tierra mojada. Les gusta mucho el chocolate que se desarma en la boca, los hombres con sobretodo, los paraguas de colores y la gente que sonríe mientras camina. Mis luciérnagas se emocionan cada vez que ven gente abrazarse, niños jugando a las escondidas y colectiveros que dicen buen día. Se despiertan cuando ven mujeres que van al trabajo en bicicleta, árboles teñidos de rojo, volantines en el cielo, y nietos que llevan del brazo a sus abuelas.

Estas brillosas criaturas que llevo dentro, a veces se emocionan tanto que hasta me hacen sonrojar. Las siento aletear, me encienden completa y sé que no puedo ocultarlo. A veces hasta pienso que cualquier día de éstos una puede escapárseme por la boca.

Es divertido cuando hay algunas despiertas mientras hablo con alguien. Están atentas y gustosas de lo que escuchan, vuelan tranquilas intermitentes. Y a veces alcanza con una sola palabra de mi interlocutor para que el resto despierte y hagan más barullo.

También me gusta cada vez que leo palabras que se van amoldando y encajando cual piezas de Lego de los colores más hermosos. Letras que forman caminos dentro de mí por donde mis luciérnagas empiezan a pasearse. A veces las palabras se convierten en laberintos, y otras en espirales o toboganes, y no puedo explicarte el alboroto que me alcanza en esas ocasiones. Todas aletean enérgicas, queriendo robarse alguna de esas palabras, queriendo salirse de mi cuerpo y traerse hacia adentro alguna frasecita. Y te digo, que a veces lo logran. Quedan susurrándome letras ajenas por un buen tiempo. Si supieras todo lo que guardan aquí dentro.

Y sí, a mí se me encienden luciérnagas. Se me encienden lucecitas que abren sus alitas y vuelan. Y cuando te vas, quedan haciéndome compañía. Con lo que dejás y con lo que te llevás. Me susurran y me dan calorcito.

Algún día… algún día te las voy a mostrar. Y hasta tal vez… algún día te regale una.