jueves, 19 de agosto de 2010

Remember me

If you could hear me, 
I would say that our finger prints 
don't fade from the lives we've touched.

[Si pudieras oírme, 
te diría que nuestras huellas digitales 
no se desvanecen de las vidas que hemos tocado.]

Tx: Tyler Hawkins, Remember Me | Ph: imdb.com | Edición: Valebé

viernes, 13 de agosto de 2010

Y de repente, en algún punto, lo encontrás

El siguiente cuento surgió a modo de juego, que me propuso mi amigo Santiago en http://snotions.blogspot.com/2010/08/les-propongo-un-juego.html
Consiste, básicamente, en elegir una de las ideas propuestas y escribir un cuento. Luego, al comparar los resultados con los demás participantes, se encuentran resultados muy interesantes. Lean ahí las reglas, y si les interesa, están todos invitados, por acá, por allá, por donde sea.


Llegué a la esquina y tropecé con un hombre que se parecía mucho a mí, diría que casi era mi clon. No podía ser posible... ¡hasta vestía igual que yo!

Confieso que me asusté un poco, y en un segundo un montón de ideas atravesaron los rincones de mi acalorado cerebro. Estaba frente a un espejo. Algún empleado de alguna vidriería estaba caminando con un espejo a cuestas. No. Yo tenía cara de asustado y él sonreía. El calor me estaba sofocando demasiado, cerraría los ojos y no estaría. Apreté mis ojos y la repugnante imagen de mi clon sonriendo, justo en frente mío, siguió punzante. Sonreía. ¿Cómo podía estar sonriendo si acababa de quitarme mi apariencia física, casi mi identidad completa? ¿Cómo podía sonreír si yo era el verdadero portador de aquellos rasgos y él era una vil copia? ¿Lo era?

No sé cuántos segundos pasaron mientras nuestras miradas hacían contacto y nuestros cuerpos permanecían estáticos frente a frente. Noté ese brillo de satisfacción en sus ojos. Yo sólo emanaba celos, enojo, preguntas. No podía ser, esto realmente no era posible. Decidí ponerlo a prueba.

Levanté mi brazo derecho lentamente, porque en el izquierdo cargaba con mi portafolios (él también cargaba uno... ¡en la misma mano!) y lo saludé, sin poder ocultar mi curiosidad. Esbozó nuevamente su sonrisa malvada y me devolvió el saludo de la misma manera. Oh no, ¿ahora? Lo miré fijo con la intención de asustarlo o intimidarlo. Nada pude. Su mirada era aún más poderosa. Coloqué el brazo detrás de mi espalda para ver qué hacía y me sorprendió su voz:

- ¿Tratás de corroborar si soy tu espejo? –¿tengo que contestarle?, pensé. Tras mi silencio agregó- Dale, “Otro Carlos”, contestame. –No, esto definitivamente no podía ser.
- ¡¿Otro Carlos?! Mirá... yo no me llamo Carlos, ni soy otro de nadie, ¿entendiste?
- Pará un poco, aflojate. Estaba bromeando. Carlos, mucho gusto –dijo extendiéndome la mano. Dudé... pero nunca le negué el saludo a nadie, ni consideré que sería apropiado hacerlo.
- Hernán –contesté tímidamente mientras estrechaba esa mano tan parecida a la mía, y hasta con la misma temperatura.

Permanecimos otros incómodos segundos en silencio, mirándonos. ¿Cómo podía preguntarle todo lo que se me ocurría? Aparte... ¿quién era él para poder contestarme? ¿Por qué estaba tan tranquilo? ¿Acaso era mi clon? ¿Acaso tenía un gemelo y nunca me había enterado? Interrumpió mis preguntas:

- ¿Qué te pasa que estás tan tenso?
- ¿Encontrás alguna razón para no estarlo si estoy viendo a mi clon al frente mío?
- ¿Nunca te había pasado de encontrar a alguien igual a vos? A mí, es la segunda vez que me pasa. –me dijo, con la mayor tranquilidad del mundo.

domingo, 8 de agosto de 2010

En algún punto, incompatibles

Él la quería para no crecer tan de golpe,
para permanecer un tiempo más
en aquella adolescencia
que todavía no debía terminar.

Ella lo quería para sentirse mayor,
para alejarse lo antes posible
de aquellas caras adolescentes
donde ya nada tenía que hacer.

Pero nunca lo supieron.
Y por eso lo intentaron.
Y fueron felices,
al menos el tiempo que duraron.

sábado, 7 de agosto de 2010

Sanz

Te escribo desde los centros de mi propia existencia
donde nacen las ansias, la infinita esencia.

Tx: Alejandro Sanz, Cuando nadie me ve | Ph: google.com | Edición: Valebé

jueves, 5 de agosto de 2010

Un regalo de cumpleaños


Nicolás era uno de esos chicos bastante más flacos que el resto, tez morena y pies descalzos. Salía de casa temprano, en la fría mañana, y escuchaba con atención las clases en la escuela. Volvía al medio día, invadido por el hambre, y lograba comer algún pequeño plato de polenta que compartía con sus seis hermanos. Luego salía de nuevo, con su cajoncito de lustrar colgado al hombro.

Llevaba la vida de un chico de la calle. Era uno de ellos. Pero Nicolás tenía un brillo particular en los ojos. «Es el brillo de la esperanza, de la fuerza y las ganas de seguir adelante» le chusmeaba una vecina regordeta a su amiga cada vez que lo veía pasar por su vereda. Era un brillo en sus ojos que lo hacía diferente al resto.

El día de su cumpleaños, Nicolás sólo recibió un par de saludos desanimados de su madre y un hermano antes de salir de casa. No hubo regalos. Para ellos nunca los hay. Por eso el día del cumpleaños suele ser sólo uno más. Pero esa mañana Nicolás se levantó con más ánimos que otros días, tenía el presentimiento que esta vez, algún regalo podía recibir.

Fue camino a la escuela que lo vio. Abrió grande los ojos y observó gran espectáculo por un buen rato. No era algo que se veía todos los días y ese día sucedía porque era su cumpleaños. Quería grabarlo en la retina, en su memoria para siempre. Estaba allí. Gigante, inmenso, lleno de calor, de alegría y del afecto que no tenía. El más inmenso y perfecto sol se elevaba naranja, brilloso, esplendoroso. Se abría paso entre las nubes que hacían juego con sus colores y la más grande sonrisa. Tenía el mayor espectáculo delante, el mundo íntegro, la vida entera sólo para él. Todo era suyo. Y con un año más de vida en esa espalda ya cansada, sus ojitos brillaban más que nunca.

Luego de unos minutos de respirar profundamente y no pestañear se acordó que debía seguir su camino. Tomó valor, asegurándose de no olvidarse su regalo allí, y siguió su camino.

Ya en la escuela uno de los niños se acordó qué fecha era y lo saludó:

- ¡Feliz cumpleaños Nico! ¿Qué tal la estás pasando?
- ¡Muchas gracias! ¡Espectacular! He tenido una mañana hermosa.
- ¡Cuánto me alegro! Seguro algún regalito te hace tan feliz.
- Recibí el mejor regalo que se puede recibir.
- ¿Qué? ¿Conseguiste la bicicleta? ¿La pelota que aparece en el cartel gigante?
- No. Recibí el más hermoso amanecer.
- Pero eso no es un regalo para vos, es algo que siempre hay y todos podemos verlo.
- Pero hoy fue hecho para mí y nadie lo vio ni lo disfrutó como yo. ¿Acaso te detuviste en medio del camino a admirarlo? ¿Te gustó tanto que te dejó sin aliento? ¿Te ensanchó el pecho y la sonrisa? ¿Te hizo brillar los ojos y sentirte la persona más feliz en la faz de la tierra? –su amigo lo miraba extrañado, sin comprender- Con ese espectáculo en frente sentí que no necesitaba más nada. Podía vivir eternamente frente a ese poderoso sol abriéndose paso en la mañana. ¿Acaso te sorprendiste al verlo? ¿Si quiera lo viste? El amanecer de hoy fue mi regalo, el mejor que he recibido y que voy a recibir. Y fue solo mío, porque nadie, yo sé que nadie, lo sintió como yo.

domingo, 1 de agosto de 2010

¡Piedra por mí!

Detrás de una pared de concreto, lo escuché. Las correteadas por la casa y de repente ¡piedra por mí! Risas, y de nuevo silencio en el que sólo se escuchaban pequeños pasitos alejándose lo más sigilosos posible. Silencio otra vez y después de un buen rato, más correteadas y de nuevo ¡piedra por mí! Risas y diversión rondando la casa. Por fin se estaba divirtiendo con algo que yo me había divertido en mi infancia. Por fin un juego que no tenga una pantalla de por medio. Creo que entre todas esas risas, algo logró entender de por qué yo digo siempre que antes nos divertíamos con juegos mucho más baratos y más sanos.

Cadáveres

Cuando todos los invasores sean cadáveres, yo me levantaré y seré.