lunes, 29 de diciembre de 2008

De victorias y derrotas

No cantarás victoria antes de haber ganado la batalla

No abandonarás cuando todavía sigas en el campo

No mencionarás antiguas victorias si estás siendo derrotado

Ni las mencionarás cuando hayas sido derrotado

Si te vencen agacharás tu cabeza y dirás “me han vencido”

Aceptarás con humildad tu destino

Recordarás antiguas victorias si estás siendo derrotado

Ellas te cargarán de energías y valor para continuar

No recordarás antiguas derrotas que puedan frustrarte

Aceptarás lo que deba venir con humildad y fuerza

Con ganas de seguir, con determinación y firmeza

Vencerás con orgullo sano

O serás derrotado cuando realmente no haya nada que hacer

No abandonarás, ni envidiarás victorias ajenas

Con humildad triunfarás, y no sólo en el campo de batalla.


Creo que con esto me despido, queridos. Mañana parto a Buenos Aires.

Que voy a estar escribiendo allá, es seguro, pero que voy a postearlo no lo sé. Así que por un tiempo, les dejo esto y les deseo un muy feliz Año Nuevo!!

domingo, 28 de diciembre de 2008

Anymore

There are no more words to write
No more smiles to fake
No more paths to walk
Next to you
Anymore

There are no more words to say
No more eyes to contemplate
No more moments to share
With you
Anymore

There are no more silences to interpret
No more hands to hold
No more lovely hugs
From you
Anymore

There are no more tears to cry
No more you in my life
No more hearts in love
No more love
Anymore


No, no pasa nada. Fruto de mi imaginación lo que escribí. Don’t worry. :)

jueves, 25 de diciembre de 2008

¿Feliz? Navidad

Hoy sentí ganas de llorar. En plena Navidad, 24 de diciembre a las 24hs, o 25 de diciembre a las 0hs, tuve ganas de derramar una lágrima culpable, una lágrima víctima. En estos últimos días mis energías han sido débiles; mis ganas de seguir, pocas; mis objetivos, difusos; mis amistades, vaivenes; mi vida, inestable. No he sabido cómo reaccionar ni qué sentir o pensar. No he sabido responder ni controlar mis emociones o impulsos. No he sabido muchas cosas en este último tiempo, y aunque haya podido mostrar una que otra sonrisa, todavía no he podido salir del todo adelante. Toda la familia mirando aquellos destellos luminosos y ruidosos en el cielo; las hermosas luces de colores que adornaban por segundos el cielo de la Navidad tucumana. Yo los veía, pero más me concentraba en la nube de humo y papelitos quemados que se elevaban y de a poco cubrían la ciudad entera. Veía los colores, pero sentía un silencio muy profundo en mi interior, un silencio que me incomodaba y que se asustaba con cada explosión pirotécnica. Tenía un espectáculo en frente mío, pero esta vez era aquello que pasaba por mi cabeza lo que me emocionó, me movió y hasta me entristeció. Era una belleza, sí, siempre disfruté de ese espectáculo festivo (exceptuando los ruidos ensordecedores), pero esta vez me sentía muy diferente… no estaba lista para disfrutar de todo aquello.

Apartada del resto de los invitados, yo miraba al cielo mientras mis ojos se vidriaban rápidamente. Era la primera Navidad en la que no había ningún niño que creyera en Papá Noel, sólo una pequeña que no entiende el concepto todavía. Nadie lo esperaba al barbudo esta vez. Nadie preguntó “¿Cuánto falta?” mientras cenábamos. No hubo ojos inocentes brillando al sentir la campanita sonando enérgicamente. No hubo ninguna ilusión, ni actuación, ni emoción, ni sorpresas. Ya somos todos grandes y nos quedamos mirando el cielo hasta muy pasadas las 12, cuando recién alguien se acordó que era hora de abrir los regalos. Y la más profunda tristeza fue después del revuelo de papeles, que no fue mucho, ver esos ojos tristes, esa inocencia desilusionada, esa niñez que de a poco empieza a desaparecer para dejar que llegue el hombre en el que mi hermanito se está por convertir. Verlo tan triste, sabiendo por primera vez lo que es una Navidad sin Papá Noel y con regalos envueltos por sus propios padres. Y lo tuve en mis brazos un buen tiempo, y nos hablamos suavemente, y traté de cualquier forma hacerlo sentir un poco mejor, subirle un poco los ánimos. Pero no sé si pude lograr mucho. Mi angelito estaba triste, muy triste sin esa hermosa ilusión del gordo barbudo. Y me acordé de aquellos tiempos… ¡Qué triste es enterarnos de tan horrible noticia!

Y mientras miraba los destellos de colores no sólo me sentía más lejos que nunca de cualquier tipo de ilusión o niñez, me sentí contenta de tener a la familia reunida en casa, a ese primo que hace tanto no veía, y a esas personas que me hacen reír con anécdotas familiares y locuras generacionales. Me sentí feliz de estar rodeada de todos ellos. Pero a la vez me sentí sola mirando el cielo. Pensando cosas que seguramente nadie pensaba, y tratando de encontrar la respuesta de por qué las fiestas nos traen tantas cosas a la cabeza y tanta melancolía. Qué bueno hubiese sido poder ver a esa amiga con quien tantas cosas tengo que hablar. O haber tenido a esa otra amiga un poco más cerca para darle una llamadita y escuchar su voz, que hace tanto no escucho. Que alguien me aclare en quién debo confiar y en quién no. ¿A quién creerle? ¿Con quién hablarlo? Cuánto lo amo. Qué difícil se me hacen las cosas a veces. No quiero sentirme tan triste al pensar en esa persona. ¿Qué es lo que hice mal? ¿Realmente es injusta la vida? Cuánto los necesito y qué lejos los siento. Tantas cosas en mi interior y todavía ninguna expresada. De algo estoy segura y es que todavía no estaba lista para estos festejos.

No estoy lista para que termine el año sintiéndome así y con cosas pendientes todavía. Así que en estos pocos días que me quedan espero poder reacomodar mi interior lo más que se pueda, ver a todas las personas que tengo pendientes, decir algo de todo esto, reestablecer ese vínculo, tratar de entender y así terminar el año… no tan mal. Y mientras todavía vive en mi cabeza la imagen del mar de luces de colores y humo cubriendo la ciudad, voy a intentar detener las lágrimas que me nublaron la vista mientras escribía estas líneas, y que son las mismas que logré retener hace unas horas, a las 12 de la noche, en esta no tan feliz Navidad.

miércoles, 24 de diciembre de 2008

Balance 2008

Un caluroso enero de playa, un amor en mi cabeza

y sentirme en la nada que separa dos grandes etapas.

Febrero, mes de transición, también llegó el amor

y lo que tanto esperaba por fin se dio.

Marzo en nuevas aulas, gente nueva, vida nueva,

empezar una vez más con papeles y lápices, clases y apuntes.

Un año más de vida me llegó en abril y con él el frío

que me torturó en los siguientes meses. Frío por fuera, cálido dentro.

Mayo y todavía conociendo gente, buscando un sitio,

explorando horizontes, expandiendo y buscando lo que es mío.

Estudiando en junio de abrigo y calefacción

abandono de la actividad física, muchos chocolates y capuchinos.

Un julio lejos de casa, esquí en el frío del sur argentino,

luego el frío de los valles tucumanos, buen tiempo para la amistad.

Agosto de nuevos planteos. Dejar de extrañar, empezar a valorar,

sentirme otra vez, tratar de centrar.

Con las flores de septiembre y los primeros calores primaverales

volver a la vida del deporte, renovada y firme, lista otra vez.

Octubre de reencuentros, empezar una nueva actividad, gente nueva

y un alma que empieza a sentirse llena, integrada y plena.

Nuevamente el estudio de noviembre que quita el tiempo,

acelere, café cargado, pocas horas de descanso, ojeras y entregas.

Con diciembre otra vez la duda, pausar la vida, reorganizar,

caer y levantarme. Renacer. Revivir. Retomar. Repensar.

Y nuevamente sonreír.


¿Cómo se me ocurrió escribir ésto? A partir de http://identidadpk.blogspot.com/2008/12/0809.html

lunes, 22 de diciembre de 2008

Huevito Kinder, golosina eterna

Es esa golosina que a todos nos gustaba de chicos, y que a todos nos sigue gustando. La más completa: chocolate, y juguete, ¿qué más se podía pedir? Es que no era sólo eso. Comer un huevito Kinder era todo un ritual. Ver esa forma ovoide naranja y blanca ya nos emocionaba. Decir algún tipo de plegaria para que nos toque de esa colección que tanto nos gustaba, o que no toque repetido. Y suavemente encontrar la punta del papel metalizado, a veces abrirlo de a poquito para no romperlo y después jugar con él, y otras veces, cuando estábamos más desesperados, directamente lo rompíamos al abrirlo. Entonces aparecía esa superficie marrón, esa que nos volvía locos, y no podíamos resistirnos a darle un mordisco. Y una vez que lo hacíamos se abría por la mitad el huevo y podíamos observar la parte interior del chocolate, la parte blanca, y el naranja del huevito de plástico que venía adentro. Saboreando ese fantástico chocolate con leche bicolor abríamos con desesperación el plástico naranja. A veces se nos dificultaba porque teníamos las manos “resbalosas” por el chocolate, a veces nos ayudaban, y a veces de tanta fuerza que hacíamos salían volando varias partes. Entonces empezaba la persecución de los pedacitos, la organización de las partes sobre una mesa, desdoblábamos el papelito con las instrucciones y empezábamos a armar el juguetito.

Paso 1. No entendíamos por qué eso tenía que engancharse con esa otra parte. Paso 2. Ya empezábamos a verle forma. Paso 3. Funcionaba; y lo habíamos armado solitos, sin la ayuda de nadie. Entonces terminábamos el chocolate, algunos de a poquito para hacerlo durar, otros desesperados en dos mordiscos no tenían más y se les dificultaba hablar con tanto chocolate en la boca. Entonces jugábamos con los juguetitos, los mirábamos de todos los ángulos, los aprendíamos de memoria. Y no había más chocolate. Y al juguetito ya lo conocíamos.

Entonces empezaban las actividades alternativas y eran aplanar con el dedo el papel metalizado hasta dejarlo completamente liso, y al que se le rompía perdía. Sino lo hacíamos una bolita, lo aplastábamos hasta dejarlo compacto y nos pegábamos con bolitas de papel metalizado. Otra opción era colocar las dos tapitas del huevito de plástico naranja juntas, pero sin juntarlas del todo y al hacer presión sobre la más grande, la chiquita salía disparada. Era un deporte agarrarle la mano al plástico y poder apuntarle (y embocarle) a nuestro blanco.

Y finalmente aquel muñequito iba a parar a la repisa de nuestra habitación y cuando ésta ya se poblaba mucho, todo caía en una caja que el día de hoy abrimos cada tanto y con cada juguetito se nos vienen mil recuerdos a la cabeza, mil experiencias con cada uno. Nos acordamos dónde estábamos cuando nos tocó ese juguete, quién nos había regalado ese huevito, cuánto nos había costado armarlo, con quiénes lo habíamos compartido. Cada juguetito tiene toda una historia y nos gusta recordarla, por eso, cada tanto abrimos esas cajas superpobladas y nos divertimos un rato más con cada muñequito. Y lo vamos a seguir haciendo. Porque no nos queremos deshacer de ninguno, porque esos juguetitos son eternos, porque los recuerdos también lo son, y porque cada uno marcó un pedacito de nuestra vida. Por eso aún hoy seguimos comprando un Huevito Kinder cada tanto. Y seguimos saboreando como siempre ese chocolate con leche marrón por fuera, blanco por dentro. Seguimos emocionándonos y la intriga todavía nos invade por saber qué juguetito nos tocó. Seguimos sin darle importancia al papel con letras rojas y negras que dice algo así como que no es para chicos de menos de tres años, ese papel que nunca leímos, que era el primero en caer a la basura y que sólo alguna vez nos divirtió ver letras raras de otros idiomas. Seguimos colocando juguetitos en nuestra repisa, y seguimos poblando cajas. Porque todavía lo disfrutamos. Y nunca pudo ser igualado por ninguna otra imitación de huevito de chocolate con sorpresa. Porque el Huevito Kinder es eterno, y comerlo era todo un ritual.